MURALLAS

1

Miraba la muralla
en el quicio de las calles,
no veía ni los membrillos
en verano.
El limonero hacia su agosto
en las ramas,
saciaba el eco con la impaciencia.
Las palabras iban, venían,
se indignaban.
Malinterpretaban los mapas en flor,
abultaban en el rocío del alba,
masacraban la impaciencia.
La virtud, la escatología de mi verso,
rompen aguas al entendimiento,
como un suspiro que alivie mis cenizas.

2
Emborracha el alma, entre razones de supervivencia.
Entre florido mal de ambiguas palabras.
Un estigma poblado de miembros.
Un cerco en las zarzas de la contienda,
Y entre baúles
agazapa la síntesis como el ramaje
de un surtidor.
Mis manos aterrizan en el punto
de los ángulos conversos,
de lágrimas que apuntalan vida
mientras pienso entre pequeñas muecas,
en bancos que seducen las hojas caídas,
los pasos y el trasiego de las plazas
las marquesinas muertas.

3

Detrás de los átomos de la rutina
se queda entre las sábanas de mi cuerpo,
rozando los puntos suspensivos de la boca.
La sombra seduce el aire mientras me besas.
Los antónimos requieren de enlaces superfluos
goteando los márgenes de las sangrías
cuando es la espalda que grita insinuaciones,
mientras deslizas un dedo
entre la garganta y la necesidad de ser mucho más
que un verso entre los labios.
Así el mar, lo oigo gimiendo entre corchetes,
adoleciendo de pérdidas y surcando ganancias.
Los poemas no mienten entre las voces que los escriben.
No matan si no es entre espadas en una estrofa
y el dolor que los amordaza.

4

24 horas o   razones para huir del sol de agosto,
acaramelado entre una bajeza de sabores.
Rompe el aire a cada descubierto,
a cada refugio de la muerte densa.
No tengo la cama hecha desde que abandoné
mi sombra en el rellano,
inventando viejas excusas a la voz de la conciencia.
El café se hiela entre los besos,
o los labios que no compartimos.
Secan la incontinencia, el mar salado de los deseos.
Mientras la rosa se convierte en pétalo encubierto
por la frialdad de las damas.
Aquellas que en el segundo de una pétrea mirada,
dan la espalda al amanecer de la rutina.

5
Se secó el rostro, andando los pasos.
El aguardiente sabe que la vida contradice.
Los descaros empobrecen.
Como los girasoles.
Mi canto se va agotando
al verso encarcelado por la vergüenza,
entre estridentes de mampostería.
Azul intenso sumarísimo.
Como la felpa de tus ojos.
Los labios dictan acolchados mensajes singulares,
En la efervescencia del frío.
Los valles se congelan entre abetos
encaramados en el metro que no deja salir.
Los pasos, ni la mediana torcida.

6

Al final la vida se rompe,
Como cuando enfilas los sellos,
los pones en la cubierta del destino
que no rompe la baraja,
no abre el sobre,
ni la bandera del mástil,
ese queda floreando la sangre
lidiando como los toros a las cinco entre rosales
escarchados de furia.

Lentamente cae el telón en un mordisco de fiebre.
Temiendo los grillos aparezcan en las sienes.
Temiendo ser aire o incongruencia.
El fin es una idea quimérica,
De estridente celo.

7

Sortear el camino es una deidad.
Voz acorde al whisky que dejo
en el poso de las calaveras.
El vodka sabe mejor,
Igual que una pista en el mapa.
Casi tanto como quererte,
casi tanto como la providencia.

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