Vértigo

Ya ando en la espesura de la noche.
Deseo.
Aunando los vértices que destierran la huida,
mientras la caracola me habla al oído de salvajes
centurias poblando la ironía.
Detuvo el instante el precioso mar,
apartó de un soplido la imagen serena
que acariciaba los árboles y dejaba el margen
de las huertas, un sabor dulzón como el vino.
Como el agua turbia, deseo.
No sabes lo que es vivir sin tener que llevarte
a la boca el manjar que separa los labios
como un stop en medio de mis muslos.
Acariciaba la sombra inerte, serena de las cimas,
la yerba seca que rompía la espalda,
y a la par, el viento meneaba la verja,
el influjo de los minutos,
la destrucción del amor.
La barbarie densa y primitiva
decidió ser ella,
hasta que al fin, inconmensurable,
estaba sentada, agachada, de rodillas,
con la flor en la boca,
sin pronunciar el ángulo exacto,
mientras gemía,
mientras arrasaba la ropa,
mientras detenía el hielo,
el agua quedaba detrás de una gota
dibujada en las manos,
el oropel se llenaba de júbilo,
sostenía la clave de sol,
llegando a decir:
deseo.
I REZMO

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