XVIII

No hay sentido ni gloria, ni átomos,
ni un resquicio de sol en la terraza.
No hay ni pena, ni llanto, ni comida,

ni aire, ni fuego, ni vida, ni alma, ni sueño.
Ni hay condensación de amor, ni abrazo,

ni el otro, ni un tres en raya que coacciona el silencio.


No hay nada, ni la cuentas atrás,
ni la cuenta corriente,
ni el futuro perfecto,
ni el agua de los floreros.
Ni siquiera el gato que ronronea a mis pies,
o el perro del vecino en la esquina
de la calle, que olvidó mirar por la ventana.

Por donde asoma los peces de colores,
por donde América es un gin- tonic de burbujas
metidas en un zulo de televisión a la carta.
Ni cuando eramos niños en el álbum familiar

que queda obsoleto de las manos de mi abuela,

ya muerta del pasado.
Por donde el olvido es una cicuta,
un rastrojo de peonadas en el campo.

Por donde ocultamos las primeras noches

de amor en la parte de atrás de un coche metido en el desguace.

El desguace del silencio es una memoria malnacida,

la vuelta atrás de un nombre guardado,
en un verso.

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