Quédate…

Ese aire, ese término de tu boca,  ese sincero pálpito que obliga a desnudarte.

Ese tesón como el tiempo.

A veces quisiera tocarte, quisiera tenerte aquí. No desvanecer el suave murmullo

de la piel. Decir basta, decir lo que quiero decirte.

Ese aire,  ese anhelo entre el ocaso. Ese tintineo que grita,

y no puedo callarlo,

No puedo sentir que el aire es tuyo.

Es imposible acomodarlo, es siniestra arrogancia, y yo mientras estoy pereciendo

entre bocados de apariencia, por no ser la aurora que grita:

¡Quédate! ¡Quédate!

Aquí…

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NANA

No existe el caos esta noche.
Hay en la tiniebla una luz que se queda esperando al poderoso disco solar.
El alba,ya pega en esta hora queriendo hacerse presente.
No existe la más mínima molécula que me dicte un solo poso
de café en mis entrañas.
La cobardía se fue tras la tormenta.
Quisiera asomarme al acantilado.
Dejar mis pies reposar en el aire,
en el cielo,
en el susurro que huye como verbo encendido,
de piel encendida por tu roce.
Mañana.
Mañana estaré esperándote,
atando las horas para que te devuelva a mi espacio vital.
El que reposa en un suspiro,
si alzo tu nombre.
Si me atrevo a despedir la noche con un grito.
Te elevas, hasta ponerte frente a mi.
Y dejar que me cantes al oído,
hasta que por fin duerma…

CONSUMACIÓN

He iniciado un tremendo viaje.

He descubierto en esta hora  un pequeño cometa, inquieto, profundo, decidido. Algo que estremece los andares. La curvatura de un cuerpo, a la deriva de un oasis.

Mágico es sentir en este apacible momento que la sequía casi se ha llevado el terrible incendio.

A veces cuesta dilucidar el detalle que se queda en una pared.

El árbol de la vida floreciendo en el jardín prohibido.

El salitre que marca la madrugada , luego convertida en andén.

Mi sinfonía.

Olvidaba decir, que hablo a  las huestes de una cebolla escarchada en noviembre.

Las sobras del día anterior, o posterior de la ganancia o la prudencia.

Se me olvida tanto…

Pro también se queda en este espejismo.

Nos vemos aquí. ¿Verdad? Nos vemos, o nos imaginamos un largo paseo. Nos vemos o imaginamos una victoria sobre una deshonra. Un tremendo secreto que se guarda a duras penas.

Cariño es así de sencillo. Como pronunciar distintas formas de decir el verbo perfecto.

Se me olvida.

¡Tanto, tanto!

Una calle de Florencia . Yo anhelaba su fiebre haciendo como que teníamos sexo.

El sexo es débil, no la carne, no la necesidad de penetrar dentro de otra forma parecida a la vida. Hay demasiadas almas terminadas en negro.

Mucho peor que ser una dama negra y su peculiar hermana blanca. Mucho peor que tener el cante de  dos monedas que se aman.

Yo me preguntaba si era posible.

Posible suspender el agrio manjar, los nenúfares que pintaba Monet. Los de talles de una acuarela, de un lienzo sencillo como tus ojos. Guinaldas, oijos de pez queriendo besar el labio, queriendo viajara mi entrepierna.

Me cercioré que no era una mentira, para no asustar al lobo de caperucita. El fantasma de hacer la gracia jugando a una videoconsola.

Las variables   son posibles.

Al final se paró el vídeo. El descaro no iba. La auto ayuda en forma de curso anual sin devolución del coste, solo un mero gracias por hacerme la vida como ella exige, sin control de alcoholemia, quitándome los puntos de supura que siguen escondidos dentro de la piel que termina de irse, tras el coito consumado…

isabelrezmo@gmail.com

MIRO

Ahora miro, miro la foto,
miro la puerta, miro si suena una
respiración entrecortada
en la habitación de una niña.
Miro, miro.
La mirilla.
Miro el salón con las paredes
incautas esperando quedarse con todos los secretos.
Miro, fijamente el monitor,
mirándolo como una posesa esperando saltar la liebre,
o es el descaro nervioso que aflige mi garganta.
En esa garganta donde se bloquean los versos, y los espasmos, y las pilas Duracel de las maniobras, esas que busco intentando desmentir tanto merecimiento , o tanto abrojo,
tanta…tanta respiración maquiavélica en las noches de agosto. 

Y sonrío.

Se me había olvidado, dejar el carmín encima del lavabo, ahora es un lápiz caprichoso de todos los ángulos certeros.

Guillermo Tell es un novato al lado de la rapidez con que un dardo es capaz de convertir la placidez en una mosca cojonera que todo lo persigue, lo mata, lo arrincona y lo ahoga.

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JULIO

Aquí desnuda.

Sin otro objeto del deseo,  rumiar la marquesina que se asoma a la deriva entre las tapias.

Aquí yace.

No sé si mi cuerpo, mi desvelo. La poca garantía o la mala salud, la mala cobardía.

Aquí entre mis manos, en este cuerpo,  se cae en la tesitura de comprender el orbe.

Pero si ni siquiera comprendo este calor improductivo que sella mi cuerpo como la ceniza de las brasas que se han ido fundiendo a medida que  cae este amor.

Otra vez vendrá el otoño, vendrá las hojas secas que rellenan los parques.

Te esperaré como siempre. En esta eternidad que sabe a tumba.

En esta oscuridad terrible.

En medio de los tumultos, la madrugada llega y quiero morir en ella,

una vez que dialogue con el extracto de unos labios que ya no son míos.

 

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NOCTÁMBULA

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Navegar entre un bosque, un silencio abierto en carnes.

Un viaje, desdoblamiento instintivo.  Fiebre, caminos de hierro, muerte. Presagios oscuros, hastío, incertidumbre.

Nacimiento último en brazos perpetuos.

Locura, cicatrices para una la loba que salta, una y otra vez entre el tiempo objetivo, el subjetivo, dejando el cuerpo desfallecido.

Criatura de la noche, hija del llanto, amor carnal placentero descerrajado por el espíritu de una salvaje heroína.

La arena pasa ante tus huellas indefinidas, frente a ti, como el amor deseado que no tiene término o primera vez.

Corres en la salvaje llanura como una palabra viviente huyendo del canto de una moneda; de la apariencia, tal vez de esa verdad que aúlla en su nido. Ella es tu trampa, tu cárcel, tu delirio, tu falsa encomienda.

De cuerpo a cuerpo,  la última gota  que rebasó el cristal de la impaciencia.

Bares nítidos de palabras, las calles rotas por el nombre de  neón  convertido en poesía.

A pie de calle entre las esquinas, el burdel que te ordena el sustantivo último, las caras que no te dicen nada, la tierra que vio tu apariencia primera antes de convertir tus garras en hija  pródiga.

Y al otro lado del  espejo  la cara real,   observa oblicua en el ángulo anverso, y tú lector, inmortalizando en un iris, el enigma de ser mujer-felina, la tinta sangrante, y el eterno silencio:

 

“La mujer que nunca fue y el hombre que no pudo nacer”.

 

 

 

 

 

HUMO

La carne no existe si no hablara.
Si su voz no se confundiera con sus manos.
Si sus piernas no fueran el camino de sus huellas.
Si su sexo no fuera el placer de su cintura.
Si una sola existencia no convirtiera
la eternidad en un flujo de su conciencia.
Inevitable es la no vida en una botella.
Mientras, destruimos la levedad del ser
en una continua compraventa.
Saludemos los años perdidos mientras
Creamos que nadie nos oye.

 

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